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4/30/2009
Estaba buscando algo por Internet, cuando me encontré con una vieja noticia, del año 2006, pero completamente nueva para mí: El ingeniero cartográfico Manuel Chueca ingresa en la Real Acadèmia de Cultura Valenciana (http://www.lasprovincias.es/valencia/prensa/20061024/cultura/ingeniero-cartografico-manuel-chueca_20061024.html)
Mucho de lo que soy, mucho de mis principios vitales, de mi ética de trabajo y social, se debe a este gran ser humano. Aunque fui formalmente alumno suyo durante un curso académico, tuve el privilegio de trabajar en su departamento durante 6 años, durante los cuales aprendí lo que está y lo que no está escrito.
En tiempos en los que, quizá debido a mi juventud e impaciencia por volar independientemente, no encontraba el camino adecuado, en una encrucijada de caminos muy importante para mí, me ofreció una oportunidad que cambiaría mi vida para siempre.
Este hombre de inmensa cultura, y de asombrosa capacidad didáctica, ha sido un luchador imparable durante toda su vida. Con una inspiradora capacidad para fijarse objetivos imposibles, y lograrlos ante el asombro de todos.
Pero lo que más valoro en él es su capacidad para inyectar capacidad de superación en la gente que le rodea. Donde uno se ve impartiendo rutinariamente clases de prácticas, el veía un aclamado catedrático. Al que se ve ingeniero, él le ve como Doctor. Donde hay un par de despachos con unos pocos aparatos topográficos, el veía una Escuela de Ingeniería Cartográfica. Y el caso es que en la mayoría de estos casos, acertó de pleno.
No es fácil propagar ese espíritu de superación entre gente muy heterogénea, y menos aún en empleados de un organismo público, con tendencia a sentirse funcionarios, sin más ilusión que esperar tranquilamente la jubilación. Sin embargo, siempre supo involucrar a todos en una dinámica más propia de una empresa privada que la de un organismo público.
Por otro lado, siempre supo estar detrás de su gente, apoyándola sin excusas, dándoles la mano en los momentos malos, y sirviendo como parapeto de defensa ante ataques externos.
Con él aprendí a detectar talento temprano en la gente que me rodea, a confiar en sus criterios, a defenderles sin reservas, a ayudarles a descubrir su potencial futuro. Con él aprendí a fijarme metas difíciles, a creer en ellas y hacer todo lo posible por conseguirlas. Con él aprendí que nadie regala nada, y que hay que trabajar muy duro para conseguir lo que quieres.
Él creyó en mí cuando nadie más creía, soportó y sufrió mis errores, y me apoyó en la adversidad.
Ahora me llena de orgullo el ver que le han honrado con esta nueva distinción. Espero que podamos disfrutar muchos años de su lúcida mente y de su inmenso valor humano.
7/9/2007Anoche tuve el privilegio de cenar en Redmond (cerca de Seattle, en los USA) con tres personas brillantes, tres ingenieros en ciernes, que pronto obtendrán su título (dos en informática y uno en arquitectura).
Es una delicia ver a tres personas jóvenes, no pasan de los 22, con ganas de comerse el mundo, y con desprecio total a las trabas que para otros son insalvables (distancia, idioma, relaciones laborales inusuales). Dos de ellos vienen de la Comunidad Valenciana a trabajar en Microsoft durante unos meses, y estoy seguro de que su presencia se hará notar en esta mega-corporación, de un modo u otro.
Están escribiendo un blog en El País, http://blogs.elpais.com/un_verano_en_microsoft/, para documentar su experiencia por esas tierras.
Ingenieros como estos serán los que muy pronto llevarán las riendas tecnológicas de nuestro país, relevando exitosamente a la generación de los que aprendimos informática a matacaballo, como un accesorio más de otros estudios, y mediante largas y dolorosas, aunque excitantes, sesiones de auto-aprendizaje.
En nuestra empresa tenemos la suerte de contar con unos pocos ingenieros jóvenes también, muy pocos y muy selectos, pero con una capacidad de evolución personal y profesional admirable. Estos jóvenes muestran el mismo brillo en la mirada que los otros mentores de la empresa, más experimentados que ellos, que les ayudan en su camino hacia la excelencia tecnológica y profesional.
Estos son los profesionales que podrán cambiar para siempre, no solamente la posición de la informática en las empresas, sino incluso las relaciones laborales dentro de las empresas en las que trabajen. Esto es como la esclavitud, si siempre has sido esclavo, quizá no pienses que la libertad sea tan importante, pero si alguna vez saboreas la libertad, aunque solo sea por un corto espacio de tiempo, nunca más aceptarás la esclavitud como una forma de vida aceptable. Ahora que estos jóvenes están probando lo que es trabajar en un entorno basado en la confianza y en el respeto profesional por las personas, nunca aceptarán otro tipo de relación.
Esta nueva generación tiene ideas brillantes, aunque quizá no sean conscientes de ello aún, y capacidad de aprendizaje para llevarlas a cabo algún día. Es nuestra responsabilidad el rodearles del entorno adecuado para permitirles lograr sus objetivos, con lo que lograrán traer un mundo mejor para toda nuestra sociedad.
¿Que estoy exagerando? ¿Que los cambios de unos pocos no pueden cambiar la sociedad? Las sociedades solo cambian persona a persona, no hay otro modo. Y tengo la suerte de estar rodeado en nuestra empresa por personas que trabajan activamente para lograr este cambio.
Tengo la sensación de que ayer cené con algunos de estos motores del cambio futuro.
¡Me encanta!
Fernando
10/20/2006
Creo que ya he comentado que pasé un año trabajando y viviendo en Indonesia, en un proyecto de la Unión Europea. Tengo muy buenos recuerdos de ese año, de las gentes y lugares que conocí, y de lo que significó para mi desarrollo personal y profesional.
Vivíamos en un complejo residencial del sur de Yakarta, y un día se nos fundió una bombilla. Era responsabilidad de la empresa el mantener la vivienda, por lo que llamamos a recepción informando del incidente, y nos respondieron que enviarían a un ingeniero inmediatamente.
No tenía muy claro qué tipo de ingeniero me enviarían, cuando simplemente había que sustituir una bombilla fundida, pero tras unos minutos de espera, mis dudas se disiparon. Llamaron a la puerta, y me encontré con un joven en pantalones de deporte, descalzo y sin camisa, empuñando en una mano un destornillador, y en la otra un martillo, que me preguntó en un muy rudimentario inglés: “¿dónde está esa bombilla que había que reparar?”. Se le notaba en el brillo de sus ojos una mezcla entre voluntarioso, y desconcierto ante el “marrón” al que le habían enviado.
Evidentemente, este “ingeniero”, no era más que un pobre hombre encargado de una tarea para la cual no estaba preparado. Quizá para vosotros os resulte llamativo que alguien tenga problemas para pensar qué tipo de herramientas o procesos hay que utilizar para cambiar una bombilla. Quizá lo entendáis mejor si os cuento que el cometido del proyecto que estaba desarrollando en Indonesia era dotar de suficiente electricidad hidroeléctrica y autónoma a un total de 160 aldeas de Sumatra y Bali, que al menos pudiera alimentar una simple bombilla de 40 vatios por casa. Lo que para nosotros es algo obvio y perfectamente natural, para otras personas es asombroso y mágico.
Este joven no tenía ni tan siquiera los estudios primarios, y posiblemente no había visto bombilla alguna hasta muy recientemente cuando consiguió este trabajo en la capital, tras pasar toda su vida en una remota aldea, donde poco uso podría hacer de semejante artefacto. De repente se encontraba en un trabajo para el que no estaba preparado, y para el que nadie tenía intención de formarle, con todas las probabilidades de fracasar, o incluso encontrarse con una muerte segura por electrocución.
Si miráis hacia atrás en vuestra vida profesional, quizá recordéis algún caso en el que os encontrasteis con la necesidad de reparar una “bombilla”, en sentido figurado, sin tener ni idea de lo que esto suponía, ni del proceso a seguir, ni tan siquiera de las técnicas que era adecuado emplear para resolver el entuerto. Quizá en ese momento, os dio miedo preguntar a vuestro jefe sobre qué recursos deberíais utilizar, y por supuesto resististeis la tentación de declinar el trabajo, alegando falta de conocimientos, por miedo al despido.
Quizá teníais ya un título oficial, por lo que se suponía oficialmente que estabais preparados para cualquier trabajo técnico de vuestra especialidad, pero os moríais de ganas de decirle a vuestro jefe que eso no lo disteis, que esa materia no iba para examen, que era optativa, o que simplemente no tenéis ni idea de lo que están hablando. Pero ¿quién admite que no sabe lo que tiene que hacer? Tu jefe podría ser de aquellos que dicen que “solo contratamos gente enseñada”, por lo que tú no querrías ser el primero que le dice que necesitas más formación.
Durante muchos años de mi vida profesional, me tocó aprender por mi cuenta, comprando libros y revistas, que leía “oblicuamente”, ya que necesitaba encontrar una solución rápida a mis problemas. La Internet es más reciente de lo que muchos pensáis, pero hace más de 20 años que consulto recursos disponibles en línea, accediendo a Compuserve, antes del reinado del World Wide Web, así como a información disponible en BBS técnicos que ofrecían diferentes proveedores de software y hardware. Y todo esta “auto-formación” me tocaba hacerla en horas extras, ya que no había tiempo para nada, y la empresa difícilmente permitía utilizar horas de trabajo para formación.
Unos me llamará apasionado, otros freak, … la realidad es que esta pasión por aprender desembocó en los tan famosos grupos de noticias (newsgroups); y mira que casualidad, te encontrabas con gente que tenía problemas similares a los tuyos, y colaborabas con esos colegas cuya única referencia era un nombre y una dirección de correo electrónico… aún recuerdo el lema de dejanews, que impactó tanto en mí “Share what you learn, learn what you don’t” (Comparte lo que aprendes, aprende lo que no sepas).
Tras muchos proyectos en diferentes países, me encontré con una oferta de una empresa de consultoría y formación de Inglaterra, la cual tenía un aspecto muy interesante: podía disponer del 40% de mi tiempo de trabajo como me pareciera mejor, siempre y cuando lo dedicara a formarme técnicamente. Esto incluía asistir gratuitamente a cualquiera de los cursos que impartían (hasta me pagarían los gastos de viaje y estancia si los cursos se impartían fuera de mi domicilio). No solamente podía contar con este 40% de mi tiempo, sino que no estaba obligado a participar en ninguna actividad facturable a cliente alguno durante los primeros tres meses de mi trabajo con ellos, de modo que me pudiera dedicar a tiempo completo a conseguir la formación que necesitara.
Logré entablar amistad con una de las personas que me entrevistó para este trabajo, y me comentó que de esa larga entrevista de una hora de duración, él ya había tomado una decisión tras los primeros cinco minutos de entrevista. Tenía claro que disfrutaba con la tecnología y con la enseñanza, por lo que disfrutaría trabajando en esta empresa. Lo que necesitaba era más formación, y eso era algo que ellos podían proporcionar. Dicho de otro modo, aplicó el principio de Tom Peters: “selecciona a los empleados por su actitud, que la formación ya se la podrás impartir luego”.
Lo que no sabía yo entonces era lo mucho que necesitaba esta formación inicial que obtuve con ellos. Cada cosa que aprendía miraba hacia atrás y me daba cuenta de lo productivo que podría haber sido en mis trabajos anteriores si hubiera podido disponer de esta formación. De los errores y burradas que podría haber evitado; de las noches sin dormir que pasé intentando descubrir lo que con un buen curso de formación podría haber resuelto directamente.
Parafraseando un antiguo chiste, podríamos decir que la formación buena es cara… hay otra más barata, pero no es formativa (“la vida buena es cara… hay otra más barata pero esa no es vida”). Sin embargo, solo se puede plantear un plan formativo en función del retorno de la inversión que se obtiene. Por supuesto, este retorno de la inversión no es solamente cuantificable monetariamente. Para algunos, el disponer de la adecuada formación dignifica el poder trabajar en lo que les gusta, o el evitar trabajos penosos, o el poder terminar los trabajos más rápidamente, y así poder dedicar más tiempo a familia, amigos y diversiones.
De un modo u otro, nadie estaría dispuesto al sacrificio económico y de tiempo que supone un curso de formación, si no se espera obtener un beneficio que sobrepase su coste.
Recuerdo el primer curso que impartí en Inglaterra. Tenía ante mí 15 alumnos de importantes empresas de toda Europa, que habían pagado cada uno de ellos unas dos mil libras por una semana de curso. Y yo estaba allí, frente a ellos, preguntándome si estaría a la altura de sus expectativas. Si lograría darles suficiente valor añadido a todos y cada uno de ellos como para compensar el dinero pagado por el curso; el dinero gastado en viajes, hotel y manutención; el tiempo total invertido en el curso, y el coste de oportunidad que este tiempo “perdido” suponía para sus empresas.
Cada vez que empezaba un nuevo curso me hacía la misma pregunta, y cada vez que terminaba la semana me volvía a preguntar si había sido capaz de lograr este objetivo, pero no desde mi punto de vista, sino desde el punto de vista de los profesionales que habían asistido al curso y de sus empresas. Eso me obligaba a analizar qué cosas eran francamente mejorables, y qué cosas no tenían remedio (como mi Spanglish con tintes andaluces).
Un compañero de aquellos tiempos me comentaba amargamente que seguía en el mismo puesto tras muchos años de trabajar en la misma empresa, y veía como algunos recién llegados le adelantaban en la carrera profesional (en cierto modo se refería a mí también). Lo que él no quería reconocer es que la formación es responsabilidad de cada persona, no de la empresa para la que trabaja. Mientras otros devorábamos, en nuestro tiempo libre, cada unidad de información disponible, él se dedicaba a investigar el sabor de las muchas y buenas cervezas que sirven en Londres.
Con los años, he tenido la oportunidad de seguir relacionándome con muchos de aquellos alumnos, encontrándomelos en conferencias, otros cursos, y trabajos de consultoría. Tengo la suerte de que los anglosajones no tienen reparos en elogiar el trabajo ajeno, a diferencia de los hispanos, por lo que sus comentarios me han servido de soporte en aquellos momentos en que el resultado de mis esfuerzos no ha sido el esperado.
Ahora dirijo mi propia empresa, empresa que hemos creado en torno a la transferencia de conocimiento, y me gusta pensar que nuestros mentores sienten el mismo sudor frio al empezar un nuevo curso, o al comenzar un trabajo de mentoría, y que se preguntan críticamente si podrían haber mejorado su trabajo.
Sorprendentemente, soy testigo de que el mercado está cambiando en España, y que más y más empresas son conscientes de la importancia de la formación técnica. Muchas de ellas son capaces de analizar el impacto que esta formación tiene en sus negocios, tanto desde el punto de vista comercial, operativa, o de simple satisfacción interna. Para muchas empresas, un adecuado plan de formación es la garantía de obtener un bajo nivel de reemplazo de personal. Otras empresas aducen una excusa bastante miope: “Es que en cuanto les formo se nos van” y yo me pregunto: ¿por qué se van? ¿Porque han recibido formación o porque las condiciones globales de trabajo en la empresa no son las adecuadas?
Sin embargo, muchos profesionales siguen pensando que la formación es responsabilidad de las empresas, y permiten quedarse estancados profesionalmente con la excusa de que en el trabajo no le pagan cursos de formación. ¡¡DESPIERTA!! Estamos en la sociedad de la información, y si no te pagan cursos presenciales, siempre tienes libros, revistas técnicas, grupos de noticias, y grupos de usuarios. Nunca hemos tenido acceso a más recursos formativos, y aún así algunos profesionales se permiten el lujo de perder su marca diferencial echándoles la culpa a otros.
Cada profesional es plena y exclusivamente responsable de su carrera profesional. NO SIRVEN EXCUSAS. Trabajas en una empresa hoy porque esa es la coyuntura actual. Quizá esta empresa sea el sitio adecuado para tu desarrollo profesional a largo plazo, o quizá no. En todo caso, cada persona debe actuar como si fuera un “freelancer”, aunque esté en nómina, y plantearse su futuro con responsabilidad. Y esto requiere mucha formación, reglada o no, con profesor o sin profesor, pero sin formación no hay progreso ni personal ni global.
Sigo pensando que un curso con profesor es el método más eficiente de conseguir formación adecuada en un tiempo razonable. Sin embargo, esto solo funciona si el curso tiene el temario adecuado, y si el profesor tiene la experiencia, conocimientos, y dotes lectivas adecuadas. Cuando os matriculáis en un curso técnico, ¿Preguntáis quién va a ser el profesor? ¿Por qué no? Este es el dato más importante del curso. Un buen profesor con un mal material de curso puede hacer maravillas, y lograr que el curso sea un éxito. Sin embargo, un mal profesor con el mejor material del mundo, será una absoluta y penosa pérdida de tiempo.
¿A qué se debe esto? A que un profesor, al margen del temario propuesto, debe conocer cuál es el límite de sus alumnos, y qué aplicación práctica le pueden dar a un temario que muchas veces no se ha fijado con total precisión. Una de las primeras preguntas que suelo hacer al iniciar un curso es: ¿habéis leído el temario del curso? Esto es lo que vamos a tratar durante estos días… ¿es esto lo que esperabais? Os puede sorprender lo tontas que pueden ser estas preguntas, pero es el primer síntoma del interés que puede haber despertado el curso en los alumnos.
Y si no puedes permitirte el pagar un curso presencial, busca cualquier otro método para conseguir la formación que necesitas. Tú mandas en tu carrera, te diga lo que te diga tu jefe.
Por cierto, estoy terminando este artículo en un tren que me lleva de Alicante a Madrid. ¿Por qué los trenes no proporcionan conexión de electricidad en los asientos? Los trenes italianos lo hacen y al menos esto nos permite trabajar sin temer que se nos agote la batería del portátil. ¿Y si proporcionaran conexión a Internet? ¿Realmente entienden las necesidades de sus clientes? ¿O es que realmente estoy un poco pirado? ¿Habrán recibido la formación adecuada los que diseñan los nuevos trenes? ¿Estarán esperando a que les pague la formación su jefe? Demasiadas preguntas a estas horas.
6/22/2006
El pasado verano, mi familia me acompañó en Redmond, mientras diseñaba dos nuevos cursos de SQL Server 2005 para Microsoft. De hecho, el pasado verano fue la primera vez en más de 14 años que no hice maletas en tres meses seguidos.
Uno de los fines de semana, nos fuimos con unos amigos a ver las gargantas del río Columbia, http://www.experiencewashington.com/RegionPage_pid-106600_R9.html , y algunos parajes interesantes por el camino. En este viaje conocimos un sugerente pueblo: Leavenworth ( http://www.leavenworth.org ), el Pueblo Bávaro del Estado de Washington, como le llaman sus ciudadanos.
Y ¿Por qué estoy hablando de un “falso” pueblo bávaro en una columna de MSDN? La explicación llegará un poco más adelante.
Hace muchos años, este pueblo se encontró con que su principal fuente de ingresos desapareció, y pasaron unos años de decadencia progresiva, hasta casi su extinción ( http://www.leavenworth.org/history/history.html ). Sin embargo, en vez de rendirse a la evidencia de las circunstancias, se pusieron a pensar. Miraron a su alrededor y vieron un paisaje espectacular ( http://www.leavenworth.org/SlideShow/bobsmith/bobshow.htm ) que recordaba tierras lejanas, vistas muchas veces en la clásica película “The Sound of Music” ( http://www.foxhome.com/soundofmusic/ , la cual se tradujo en España como “Sonrisas y Lágrimas”, y es que los distribuidores de cine en España siempre tuvieron mucha imaginación).
Vieron una oportunidad de negocio, y sin pensárselo más, declararon este pueblo miembro virtual del estado alemán de Baviera (Bayern para nuestros amigos del norte), y nombraron las montañas que les rodean parte oficial, aunque remota, de los Alpes. Convencieron a los comerciantes y habitantes del puerto en convertir todo el entorno en un pueblo bávaro de película… y lo consiguieron. Ahora disponen de los mejores restaurantes bávaros, con los mejores codillos, salchichas, y cervezas. Hasta las camareras recuerdan las saludables camareras que podemos ver en los restaurantes de Munich durante la Oktoberfest ( http://www.oktoberfest.de/en/index.php ).
Y ¿Por qué estoy hablando de Leavenworth? Porque esta experiencia me parece extremadamente motivadora. Como desarrollador, como profesor y consultor, he pasado momentos buenos y malos en mi vida profesional. ¿Quién no los ha pasado? Lo malo no es tropezar; lo que importa es el ímpetu con el que nos levantamos. Esto es lo que Leavenworth me ha enseñado.
En este mercado del desarrollo de aplicaciones oímos comentarios muy a menudo sobre el mal estado en el que está el mercado, con el síndrome de los mil euros mensuales (brutos por supuesto) planeando sobre las cabezas de los recién titulados, y tarifas horarias de miseria en muchos proyectos. Sin embargo, sigue existiendo un mercado para el trabajo de calidad, el trabajo que prima la excelencia en la observación rigurosa de las necesidades del cliente, sobre cualquier otro factor.
Me ha tocado trabajar en casi todos los continentes, con profesionales de todas las razas, idiomas, edades, creencias religiosas, y extracción social. Sólo puedo decir que la mayor limitación que todos y cada uno de ellos ha sufrido, si es que tenían alguna limitación, siempre ha residido dentro de ellos mismos. En unos casos la mayor limitación es el idioma (esa manía hispana de doblar todas las películas nos estará pasando factura, hasta que alguien descubra el modo de acabar con este sin sentido), en otros casos la falta de conocimientos sobre temas muy determinados, pero en la mayoría de los casos es simple y llanamente una falta de auto estima, que les permita ser conscientes de su valía personal, y de su potencial profesional.
Supongo que habréis escuchado o leído comentarios sobre el estado de la formación técnica en informática en España (me refiero a la formación específicamente dirigida a productos y tecnologías de Microsoft y otros fabricantes). Sin embargo, estas afirmaciones me asombran. Lo que el mercado no necesita es enviar a profesionales, cuyo tiempo es oro, a un curso donde el profesor se limita a leer un manual durante varias horas al día. Ellos saben leer solos, y más rápido. Sin embargo, lo que todas las empresas necesitan, es optimizar el tiempo disponible de sus profesionales, mediante una adecuada formación, que les permita ser más eficientes en sus responsabilidades técnicas. Una formación bien entendida, ahorra dinero a las empresas que las reciben. ¿Qué empresa no está interesada en ahorrar dinero? Hay empresas de formación que han entendido esto, realmente siempre lo supieron, y sus negocios siguen funcionando todo lo bien que podría esperarse y, lo que es más importante, su prestigio profesional sigue intacto, incluso en tiempos de crisis.
La verdad es que en todos los países y empresas hay excelentes profesionales, pero en muchos casos ni ellos ni sus empresas se han dado cuenta de ello. Les falta mirar a su alrededor y descubrir las montañas. Les falta mirar en su interior y descubrir esa sangre bávara, árabe, judía, romana, griega, íbera, y no sé cuántas más, que todos llevamos dentro. Les falta fijarse una meta en su carrera profesional que parezca irrealizable (¿a quién se le hubiera ocurrido montar un pueblo bávaro cerca de Canadá), y poner todo su empeño en ello hasta alcanzarlo, o quedarse suficientemente cerca como para disfrutar del camino.
Por ejemplo, ¿Cuál es el valor de una certificación de Microsoft? Conseguirla, ni más ni menos. Demostrarse a uno mismo que es capaz de sentarse a estudiar, practicar con el producto, sufrir el examen, y pasarlo. ¿Te hace cada examen un experto en esta tecnología? Obviamente no, pero al menos muestra que uno ha tenido la disciplina de estudiar el tema, prepararse para el examen, y demostrar que tiene los conocimientos requeridos para pasarlo. A lo mejor parece que no sea mucho, pero es más de lo que muchos otros pueden demostrar. Una reflexión similar podría aplicarse a los estudios universitarios, aunque su objetivo trasciende el de una formación puramente profesional.
En momentos de vacas flacas, es el momento de prepararse para cuando las vacas gordas vuelvan nos pillen preparados. Y en momentos de vacas gordas, es cuando hay que prepararse a fondo para que la llegada de las vacas flacas nos afecte lo menos posible. No hay excusas, no podemos sucumbir a las circunstancias. En Leavenworth te sirven la mejor cerveza alemana en el más genuino Bier Garten, ¿a ellos les importa que este pueblo no esté realmente en Baviera? Detalles, meros detalles. Lo que cuenta es el excelente servicio que rinden a los miles de visitantes que probablemente nunca puedan visitar la real Baviera. Tenemos que saber reinventarnos a nosotros mismos cuando sea necesario, para conseguir los objetivos que anhelamos.
Quizá nunca hayamos tenido en nuestras manos herramientas de la calidad y posibilidades de Visual Studio 2005 y SQL Server 2005, pero esto no es suficiente. Un excelente profesional hará un trabajo excelente con unas buenas herramientas. Sin embargo, un mal profesional no sabrá qué hacer con las herramientas más excelentes. Nuestro limitante está en nosotros mismos, en nuestros conocimientos, en nuestra voluntad de hacer un trabajo excelente
No hay excusas para no conseguir excelencia en nuestros conocimientos, en nuestro servicio al cliente. No culpemos al mercado de nuestras limitaciones. ¿Que los clientes actuales solo entienden de precio? Quizá haya llegado el momento de cambiar de clientes. Quizá haya llegado el momento de cambiar juntos el mercado que nos rodea. Vayamos a tomarnos una cerveza, sin alcohol que luego hay que terminar ese programa pendiente, a Leavenworth, y dejemos que sus montañas, y sus decididos ciudadanos nos inspiren. 5/7/2006
No, no intento convertir esta columna en un curso acelerado de latín (aunque mi profesor de tercero de bachiller nos convenció a todos de que el latín era un idioma utilísimo, de uso corriente en toda Europa menos en España, hasta el punto de que llegué a hablar de un modo razonablemente fluido en el idioma de Julio César).
Me estoy refiriendo a la línea aérea Air Nostrum, del grupo Iberia, con la que solo he tenido la oportunidad de volar un par de veces, pero que me produjo una agradable y sugerente experiencia.
Volaba de Alicante a Bilbao, y preferí seleccionar un vuelo sin paradas (ya me está empezando a cansar eso de pasar tanto tiempo en aeropuertos) y me llevé una sorpresa al ver que el avión en el que haría el viaje era mucho más pequeño de lo normal (seis veces más pequeño que el avión en el que estoy volando ahora mismo). De hecho, la capacidad del avión era de solo 50 asientos.
Pero tras esta sorpresa inicial, empezó una secuencia de agradables sorpresas:
- Mi maleta de ordenador era demasiado grande, pero un empleado la puso delicadamente en mi presencia en un compartimiento habilitado al efecto en la parte trasera del avión.
- Los asientos eran cómodos y con tanta separación entre ellos como la clase ejecutiva de otras líneas aéreas.
- El personal de vuelo me trataron, y al resto de los pasajeros, como si voláramos en primera clase en la legendaria Singapore Airlines.
- Al aterrizar, un empleado me entregó cuidadosamente el maletín del ordenador sin daño alguno, al pie de la escalera del avión.
- El resto del equipaje llegó a la cinta de distribución antes de que los pasajeros llegáramos a ella.
- La misma experiencia se repitió en el trayecto de vuelta a Alicante.
Vamos a aplicar mi lógica de arquitecto de sistemas a esta experiencia: El sistema proporciona un servicio inmejorable, con una utilización de medios y recursos humanos adecuados. Ni más ni menos.
¿Podemos decir lo mismo de todos los sistemas que hemos diseñado hasta ahora?
Admitámoslo: a todos los techies nos encanta estar a la última, utilizar las últimas máquinas y los sistemas más complejos. Cuando nos encontramos con los amigos a tomar unas cañas y presumir de nuestros logros, medimos nuestra importancia por la suma acumulada y ponderada del número de procesadores, cantidad de memoria RAM, y capacidad de almacenamiento de nuestros servidores.
¡Qué vergüenza! ¿No tienes ningún clúster? ¿Cómo te las ingenias para peinarte por las mañanas sin un clúster? ¡Esta sección del bar es solo para personas mayores!
Cuando hablamos con el cliente, casi antes de que empiece a hablar, le decimos convencidos: sé exactamente lo que necesitas: un sistema distribuido, tolerante a fallos y altamente escalable. En otras palabras: un Airbus 787 nuevo y reluciente con 600 asientos. Aún no sabemos si es esto lo que necesita el cliente, pero seguro que capturamos su atención
Lo que pasa es que en muchos casos el cliente necesita unas 50 plazas bien configuradas, ajustadas, y administradas, y no unas 600 plazas para impresionar a amigos y vecinos.
El año pasado, un cliente nuestro de Inglaterra, una empresa de televisión y radio muy conocida por todos, nos pidió que le ayudáramos a evaluar si el servidor que estaban a punto de comprar sería capaz de soportar la carga de trabajo que esperaban recibir tras unos doce meses.
La respuesta sencilla hubiera sido: ¡pues claro! (o “po zi” en malagueño antiguo), ya que se trataba de un “maquinón”. Pero habríamos cometido un error de libro, ya que la carga de trabajo real que el sistema llegó a soportar al cabo de ese periodo resultó ser de más del doble de lo que se esperaba. El hecho es que las limitaciones de la aplicación no hubieran podido solventarse con simplemente la instalación de un servidor más grande, y el sistema hubiera estado abocado a un absoluto fracaso.
Sin embargo, lo que hicimos fue analizar la carga de trabajo actual, intentando detectar las capacidades del sistema, así como qué elementos del sistema estaban limitando su capacidad. Detectamos un número de puntos francamente mejorables, tanto en la base de datos, como en la capa de acceso a datos, y enseñamos a su equipo de profesionales cómo deberían re-programar el sistema para corregir estas anomalías, diseñando para ellos los ejemplos piloto que fueron necesarios para demostrar la validez técnica de nuestras afirmaciones.
Nuestras recomendaciones se implementaron, entre las cuales estaba el no cambiar de servidores, sino solamente mejorar el sistema de almacenamiento, invirtiendo en ello una fracción del coste de los nuevos servidores, ya innecesarios.
Tras los temidos y esperados doce meses, el sistema estaba soportando una carga doble de la esperada, pero seguía funcionando con bastante holgura, para satisfacción del cliente, y de los usuarios.
¿Qué podemos aprender de este ejemplo? Según nuestra experiencia, en sistemas grandes y pequeños, el mayor limitante de una aplicación no suele ser ni la potencia de procesamiento, ni la de almacenamiento sino la materia gris de los profesionales que diseñan el sistema. Dicho de otro modo: mejorando el hardware es posible mejorar el rendimiento de cualquier sistema de un modo bastante limitado. Sin embargo, las mejoras que un profesional bien entrenado puede aplicar al mismo sistema son prácticamente ilimitadas.
“Más caña” no suele ser la respuesta adecuada. Nuestro cliente no nos contrata para que nos protejamos en salud y le instalemos lo mejor simplemente para asegurarnos de que va a estar sobrado, porque muy posiblemente nuestra incompetencia no pueda ser compensada por un mejor equipamiento. Por otro lado, no es financieramente eficiente sobredimensionar los sistemas para que estén preparados para un futuro lejano, cuando la realidad de la Ley de Moore (http://research.microsoft.com/~gray/Moore_Law.html) nos asegura unas mejoras de prestaciones con un mantenimiento del precio de un modo continuado.
Nuestro cliente necesita que le diseñemos el sistema que resuelve sus problemas hoy y en un futuro cercano, permitiéndole un camino de crecimiento adecuado al ritmo de crecimiento de su negocio; nada más y nada menos. El cliente no necesita que diseñemos algo a la medida de nuestro ego, o para darnos publicidad. Necesita el sistema más simple y económico que resuelve sus requerimientos de negocio.
Quizá sea mi mentalidad de ingeniero civil pugnando por liberarse de mi barniz de informático pero, según recuerdo, la ingeniería se basa fundamentalmente en diseñar soluciones adecuadas a los requerimientos, al mismo tiempo que se busca poder implementar estas soluciones con un coste lo más ajustado posible.
Microsoft y otras compañías se esfuerzan permanentemente en competir para conseguir los mejores records TPC-C (www.tpc.org). Lo que sucede es que hay que saber leer esta información. A la mayoría de los clientes, les dice bien poco el que haya sistemas que sean capaces de manejar millones de transacciones por minuto. Ver qué empresa consigue el número más grande (http://www.tpc.org/tpcc/results/tpcc_perf_results.asp) no es lo interesante que pudiera parecer. Nuestro cliente muy probablemente no necesite un millón de transacciones por minuto, por lo ques estas estadísticas son irrelevantes para él.
Sin embargo, el record que más me importa a mí personalmente, y a muchos de nuestros clientes, es otro: el hecho de que se haya logrado bajar de la barra de un dólar por TPC-C (http://www.tpc.org/tpcc/results/tpcc_price_perf_results.asp) ya que el que esto se haya logrado con un volumen de casi 40,000 transacciones por minuto sí que está en línea de lo que la mayoría de los clientes necesitan
Por supuesto, le puedo recomendar a mi cliente que se gaste unos quince millones de dólares en un sistema que le permita procesar 3 millones de transacciones por minuto. Sin embargo, esto solo será interesante si mi cliente necesita este volumen de trabajo en un futuro previsto, y hay clientes que realmente podrían necesitarlo, no nos llamemos a engaño.
Sería más adecuado recomendarle que gaste cuarenta mil dólares en un sistema que le cubre las veinte mil transacciones por minuto que realmente necesita procesar hoy y las cuarenta mil de dentro de dos años. Y cuando veamos que el sistema está cercano a su límite, habrán pasado posiblemente 18 meses, y podremos adquirir un hardware del doble de capacidad con el mismo precio que el que acabamos de comprar hoy.
Por cierto, ¿sabéis porqué Microsoft u otros fabricantes no han batido el record absoluto del TPC-C que fijó IBM hace ya año y medio? La respuesta es muy simple: porque no es suficientemente interesante, ya que requiere un despliegue de medios humanos y materiales desproporcionado al beneficio que se pueda obtener al batir este record.
Air Nostrum: habéis dado en el clavo. Un avión de 50 plazas puede ser más eficiente para algunos trayectos que uno de 150, y hasta quizá pueda dar un servicio de mejor calidad para sus viajeros. Por supuesto, en otros casos habrá que seleccionar uno de 600 pasajeros, y esa será la solución adecuada. Lo importante es poder determinar cuál es la solución adecuada, independientemente de nuestras preferencias personales.
Por cierto, estoy escribiendo este artículo a bordo de un avión de 300 pasajeros lleno hasta la bandera. ¿Qué modelo habrán utilizado para determinar la distancia óptima entre filas de asientos? Creo que eso es tema para otro artículo.
5/6/2006
Todos tenemos en los bolsillos demasiadas cosas, calderilla, recibos olvidados de taxi, tickets de restaurantes que se han desgastado tanto que ni tan siquiera distinguimos lo que pone en ellos. Sin embargo, en mis bolsillos hay sobre todo... resguardos de tarjetas de embarque, de un sinfín de vuelos que a veces ni recuerdo
El caso es que me toca pasar demasiado tiempo en aeropuertos y eso no siempre es lo cómodo o glamoroso que los menos acostumbrados puedan pensar. Sin embargo, esta deformación profesional que a todos los técnicos de un modo u otro nos afecta, me hace criticar a menudo esas pequeñas cosas que no están diseñadas todo lo bien que debieran.
Como ya sabréis, se ha inaugurado una nueva Terminal en el aeropuerto de Madrid-Barajas (realmente son dos, pero eso es otra historia). La primera vez que acudí a esta nueva Terminal, para recoger a un amigo, me llamó la atención la cantidad de personas que estaban paradas ante las pantallas informativas que indicaban los vuelos. Más precisamente, no me llamó la atención el hecho de que hubiera mucha gente mirando, sino más bien el hecho de que permanecieran durante tanto tiempo petrificados ante estos monitores.
La verdad es que no pensé más sobre el tema, hasta que la primera vez que llegué volando al aeropuerto de Barajas me tocó acudir a esa sala inmensa donde las cintas transportadoras entregan las maletas a los sufridos viajeros. Para auxilio de los usuarios, hay pantallas informativas que nos dicen la cinta donde tenemos que recoger nuestros equipajes. De nuevo observé que los viajeros permanecían largo tiempo mirando estas pantallas como petrificados. Entonces me di cuenta del porqué de este extraño comportamiento.
Al intentar buscar la cinta que me entregaría ese maletón que siempre me acompaña, miré estupefacto la pantalla informativa para descubrir que esa trivial tarea sería un poco más complicada de lo que esperaba. Las pantallas mostraban una lista de códigos de aerolíneas, números de vuelo, ciudad de origen y número de cinta, pero sin ningún orden que pudiera adivinar.
Mi mentalidad moldeada/deformada por muchos años de pensar en Transact-SQL, intentaba descubrir la cláusula ORDER BY que esta consulta estaría utilizando, pero sin ningún éxito. La verdad es que para suerte mía, solo se mostraba un vuelo llegado de Lisboa, por lo que no cabía duda posible. Sin embargo, para poder asegurarme de que estaba en lo cierto, me tocó leer por completo la lista de vuelos, ya que podría quizá haber otro vuelo de Lisboa y ¿quién se acuerda del número de vuelo?
Al salir del aeropuerto, pude comprobar que la información de salidas y llegadas estaba ordenada por hora de salida, o de llegada en su caso. Pregunté en Iberia y en AENA, y confirmaron mis sospechas: el listado de las cintas de equipajes estaba ordenado por hora de llegada, aunque esta información se había eliminado del listado por simplicidad.
¿Qué método de ordenación sería más evidente para el programador contratado por AENA, que ordenar las cintas por hora de llegada del avión? Al fin y al cabo estos aviones llegando al aeropuerto todo el tiempo se comportan como una lista FIFO (First-Input-First-Output) perfecta.
Lo que a nadie se le ocurrió es pensar en los usuarios. Supongamos que eres un viajero que acaba de llegar y quiere recuperar su maleta. ¿Cuál es la información que seguro conoces con total precisión? La ciudad de donde vienes, obviamente. ¿Y ante la duda? La línea aérea en la que has viajado, aunque no necesariamente recordemos el código de la línea aérea. ¿Y si aún existe alguna ambigüedad? La hora aproximada a la que has aterrizado. ¿El número del vuelo? ¿Quién se acuerda de este dato? Al menos yo nunca me acuerdo. Parece natural que un sistema de ordenación de esta lista de modo que coincida con lo que espera el usuario, sería CiudadOrigen+NombreLineaAerea+HoraLlegada, más toda la información extra que quieran añadir.
Y si llegas al aeropuerto a buscar a alguien, lo que sí sabes es de dónde viene, y más o menos a qué hora se esperaba que llegara. Pero no es tan fácil, ya que las pantallas de información no ordenan la información de este modo, y lo mismo te toca recorrerte una docenita de pantallas antes de encontrar lo que estabas buscando.
Claro que cambiar estos listados sería como crear una aplicación pensando en el usuario que tiene que utilizarla, y alejándose de la mentalidad del programador, más amante de códigos y ordenaciones basados en procesos internos. Eso sería definitivamente ir demasiado lejos.
Por desgracia, esta es una dolencia muy común de muchos programas y programadores. Los programadores aplicamos nuestra lógica de programadores al interfaz de usuario, produciendo programas que para nosotros tienen una lógica de utilización aplastante, pero que los usuarios no saben cómo manejar.
Quizá el problema empieza con la toma de requisitos. Cuando hablamos con el cliente, esperamos descubrir esas palabras clave que nos ayuden a seleccionar la receta más adecuada, pero olvidamos escuchar al usuario e intentar descubrir qué es lo que realmente necesita.
Miramos al cliente con cara de suficiencia y, antes de que acabe de explicarnos lo que quiere, le decimos con una amable sonrisa: no te preocupes; sé exactamente lo que necesitas. Y acto seguido pasamos a diseñar aquello que conocemos bien, con la seguridad de que si no encaja con lo que el cliente necesita, al menos el cliente tendrá el sentido común necesario como para adaptarse al modo de funcionamiento de esta aplicación.
Lo que hemos olvidado es que la mayoría de los programas no son entes con un fin en sí mismos. Se trata de aplicaciones que tienen por cometido resolver o simplificar un proceso real, La técnica por la técnica tiene un sentido más bien limitado, quizá circunscrito al ámbito de la investigación. Hasta los juegos de ordenador tienen un objetivo nada técnico: distraer y divertir a los usuarios, no alucinarles con maravillas técnicas, sino proporcionarles una experiencia gratificante.
Quizá la raíz de estos males haya que buscarla mucho más atrás. Yo soy de la vieja escuela, de esa generación que a la edad de 14 años le tocó elegir entre Ciencias y Letras y que, como eso de las letras tenía pocas salidas, según decían los que sabían de estas y muchas otras cosas, nos abocó a abrazar las matemáticas, físicas y químicas, despreciando las humanidades para siempre. Y el sistema educativo de la época nos permitió alegremente no volver a tocar estas “inútiles” humanidades nunca más.
Sin embargo, ¿por qué no hay más psicólogos y filósofos en los gabinetes de desarrollo de aplicaciones? ¿Qué hay de los sociólogos, lingüistas y músicos? Todos apreciamos el aporte que un buen diseñador gráfico puede ofrecer a una aplicación, pero… ¿y un buen músico? Por cierto, quizá os asombre saber que en la nómina de Microsoft en Redmond hay bastantes doctores en… musicología. Y no estoy hablando de los equipos de Windows Media, o de MSN-TV, sino del equipo de desarrollo de SQL Server (y no bromeo; conozco personalmente a varios de ellos)
¿Por qué será que cuanto más mayor me hago más valoro la importancia de las humanidades? Hace unos quince años, mientras vivía en Indonesia, me tocó presentarme al examen TWE (Test of Written English) como parte del TOEFL (Test of English as a Foreign Language). La verdad es que mi nivel de ingles no era una maravilla por aquél entonces (no estoy diciendo que lo sea ahora), pero el tema que me pidieron desarrollar, sorprendentemente, fue “La importancia de impartir materias de humanidades como parte del currículo de las carreras técnicas”. Debí defender el tema tan apasionadamente que el exceso de pasión compensó la falta de vocabulario, y salí victorioso de este difícil examen.
Quizá deberíamos comprender que filósofos, sicólogos, lingüistas y músicos saben más de la naturaleza humana que lo que ingenieros, analistas de sistemas y programadores nunca sabremos. Quizá con su colaboración podríamos ser capaces de diseñar mejores aplicaciones, que tengan al usuario como centro, y la resolución de sus problemas y la consecución de sus objetivos reales como fin real.
Quizá tendríamos que emplear más tiempo calzándonos los zapatos del cliente, intentando entender sus procesos mentales, sus limitaciones y esperanzas, y sobre todo intentando comprender qué es lo que de este sistema podría contribuir más decididamente a hacerle feliz. Si fuéramos capaces de sentarnos al lado del cliente y observar su trabajo, y hasta compartirlo, antes de escribir la primera línea de código, antes de dibujar el primer diagrama, antes de crear la primera tabla y el primer procedimiento almacenado, nuestras aplicaciones serían mucho mejores.
Las aplicaciones son de nuestros clientes. Nosotros somos meros artesanos moldeándolas a la medida de las necesidades de sus reales propietarios, no intentando moldear nuestros clientes a la medida de nuestras limitaciones e incompetencias.
Y ya no hablemos de aplicaciones diseñadas con una vocación internacional. No es un problema de traducir los textos correctamente, sino de entender los procesos mentales de personas muy similares a nosotros, pero muy distintos al mismo tiempo. Y lo digo con conocimiento de causa, al haber tenido el privilegio de vivir muchos años en países de varios continentes. Pero eso quizá sea tema para otro artículo.
Ayudemos a esos pobres viajeros a encontrar sus maletas, utilizando su lógica, no la nuestra.
Por cierto, estoy escribiendo este artículo a bordo de un avión que me lleva de Madrid a Miami, y no, no me acuerdo del número de vuelo; y es que no debo tener remedio.
12/30/2004
Hace algún tiempo creé una lista de preguntas y respuestas frecuentes en castellano en my web www.callsql.com, la cvual incluía unas 125 entradas propuestas por algunos miembros de la comunidad hispanoparlante de SQL Server (como Ana R. Pulido, Antonio Soto, Claudio Alabarce, Darío Gómez, Eladio Rincón, Erick González, Jesús López Méndez, Jorge Morales, Lucas Guardino Irazoqui, Luis Marucco, Manuel Castro Ruiz, Miguel Angel Sanjuan, Miguel Egea, Norman A. Armas, y Salvador Ramos).
Ya hace algún tiempo que no mantengo esa web, pero aún detecto bastante tráfico buscando estas FAQs, así que intentaré copiarlas aquí antes de cerrar CallSQL en su estado actual.
No estopy haciendo ninguna promesa, pero intentaré revisar estas entrada e irlas añadiendo a este blog poco a poco.
Feliz Año Nuevo 2005
Fernando G. Guerrero 11/10/2004
Por si acaso no os habéis dado cuenta aún, deberías echar un vistazo al Google Desktop (http://desktop.google.com/).
Aún está en Beta, pero hace con vuestra computadora lo que el motor principal de Google hace con la web: indexa toda la información disponible y te la ofrece cuando tú la necesitas con una velocidad increíble.
Cuando nosotros solo podemos soñar con una nueva versión de Windows que nos ayude a navegar entre los cientos de miles de archivos y mensajes de email que solemos tener, y cuando hemkos oido que la tecnología que podría soporte a esta funcionalidad podría postponerse hasta una versión posterior, Google rellena el hueco, con un entendimiento muy inteligente de nuestras necesidades.
Adiós Adión Windows Search, bienvenido Google Desktop!
Fernando G. Guerrero 10/4/2004
El pasado jueves, presenté una sesión en orlando sobre funciones escondidas de Transact-SQL en SQL Server 2000.
Es sorprendente ver como, tras más de cuatro años desde el lanzamiento de SQL Server 2000, aún encontramos sopresas en los Libros en pantalla de SQL Server. Funciones como los bloqueos de aplicación, las propiedades extendidas, o SQL-NS (y no me estoy refiriendo aquí a los Servicios de Notificación) son aun desconocidos para muchos desarrolladores de SQL Server, y eso que estas funciones han sido completamente documentadas desde el primer día.
Ya sé que todos estamos muy ocupados intentando completar nuestras tareas, y resolviendo nuestros problemas cotidianos, pero un vistazo rápido al índice de los Libros en Pantalla nos daría una interesante impresión general de los que está disponible en esta vieja pero aún excitante versión de SQL Server.
Fernando G. Guerrero 12/9/2003
He leído hoy en El País, que España ha caído cuatro puestos en la clasificación mundial de competitividad del Foro de Economía Mundial dejando paso a países con una infraestructura de tecnologías de la información más competitivas que España, como Malasia, Malta, Italia y Luxemburgo.
Me da pena leer este tipo de datos, principalmente porque no veo claro que se estén tomando las medidas oportunas para resolver el problema de base.
Por suerte o por desgracia, me ha tocado pasar los últimos doce años de mi vida fuera de España, y aunque ya he vuelto oficialmente, sigo observando bastante desinterés por parte de las empresas e instituciones españolas en apostar seriamente por la tecnología.
Solo hay que preguntar a los empleados de las empresas cuánto presupuesto tienen para formación (formación de verdad, no emplear parte del tiempo libre en hacer un cursillo que permita obtener un diploma, que a su vez permita obtener puntos para un examen de oposición).
Cuando en nuestra país se fomenta la titulitis frente a la contratación de profesionales con sólidos conocimientos, sea cual sea la titulación (o falta de ella); o se prefiere mantener el escalafón derrotando la ilusión y capacidad de actuar de mejores profesionales que no pueden escalarlo por falta de habilidad política, o simplemente por falta de edad; y cuando se premia el conformismo estable frente al riesgo a fracasar (o al éxito), ¿a quién le extrañan estos números?
Así que aunque vivo en España, al menos fiscalmente, sigo teniendo clientes solo fuera de España. ¿Por qué? Porque a nadie en mi país parece interesarle lo que hago.
Sí, estos números me llenan de pena, y de falta de esperanza.
Quizá algún día el gobierno aprenda que esta situación no se cambia publicando un nuevo plan de tecnologías, sino atajando los problemas que de verdad atenazan el progreso de este país que amamos y nos toca sufrir.
La desafortunada frase de D. Miguel de Unamuno "Que inventen ellos, que luego utilizaremos lo que descubran" aún pesa sobre nuestras cabezas. (hay quien la modificó como " que inventen ellos, que para eso les pagamos los royalties" )
Fernando G. Guerrero
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